Ay madre, qué sofoco. No sé si es el verano que llegó, los vientos que no cesan o mis ganas frustradas de conquistar el mundo, pero últimamente no dejo de pensar en Freud.
Ese doctor con gafitas, el mamero universal, que decía unas cosas pero quería decir otras, que tenía sueños extraños en los que no faltaban cuerpos desnudos e imágenes abstractas... Lo mismito, lo mismito que yo, vamos, que he salido a por el pan y he vuelto con gallinas vivas bajo el brazo, aún no me explico a santo de qué.
Oh, Sigmund, ¡ojalá estuvieras aquí para calmar mi Superego!


