Firma invitada: Guillermina Ferrer
Todos los animales me acojonan en la misma desproporcionada medida.
En mi memoria queda aquel verano de 1987 en el que mi abuelo compró un labrador que entró corriendo en el comedor mientras yo me atrincheraba tras el sofá. La confianza ciega en aquel animal hizo que (por juventud e inconsciencia) tocara a otro de la archiconocida raza “perro patá” que me dio un inmerecido mordisco en la mano.
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| El perro en cuestión era como Patán en versión mini pero con los mismos colmillos y risa malévola. |
El perro en cuestión era como Patán en versión mini pero con los mismos colmillos y risa malévola.
Años después, en la puerta de la universidad, mientras le dejaba apuntes al guapazo oficial de la clase y hacía todas esas cosas de joven enamorada (ladeo de cabeza con sonrisa, tocamiento de pelo, risa en modo casual style) una estupenda paloma se me cagó justamente en el hombro rompiendo así cualquier atisbo de amor carnal.
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| Preparaditas que están ellas. |
Ese mismo año me metí en la ducha y vi una mancha a mis pies que poco a poco y mientras iba acercándome a ella para conseguir ver algo, adquirió la forma de una lagartija. Salí literalmente en pelotas al pasillo del piso, gritando, haciendo aspavientos y jurando que no volvería a ducharme sin gafas… cosa que hice durante los tres siguientes meses.
Así pasaron los años, esquivando la trayectoria de los gatos salvajes y ruines que me acechaban bajo los coches, cambiando rutas para no tener que pasar al lado de un perro por la misma calle… hasta que conocí a mi pareja y se vino a vivir conmigo.
La historia comenzó proponiéndome, así de pasada, tener un perrito en casa. Con mi negativa pasamos a la propuesta de gato. La siguiente fue tener un conejo enano holandés. Con este casi me convence porque propuso que lo llamáramos Pascual y eso me cautivó.
Pero no acabo yo de verme conviviendo con un animal. Por muy bonitos que me parezcan y que conste que me lo parecen, les tengo un miedo tan irracional que me he planteado la posibilidad de hacer pequeños acercamientos.
¿Cómo?
Terapia cognitivo-conductual con refuerzo positivo.
Así para empezar contemplo la posibilidad de agenciarme un bolso flamenco como éste y repetir cual mantra “flamenco bonito, flamenco bonito”:
Cuando tenga asimilado el contacto de una cabeza “animal” con mi antebrazo, igual me lanzo a por uno de estos que ya tienen más cara como de mirarme y poderme morder en cualquier momento:
Si consigo superar esa fase con un nivel de ansiedad inferior a cinco, le daré una posibilidad al antecesor ninja de Pascual (el conejo enano holandés):
Y es más que probable que en un ataque de fauna animal salvaje ven a mí consiga colgarme al cuello este zorrito molón:
Ya mucho más adelante igual me planteo la posibilidad de tener un niño aunque...
¿Creéis que el terror estará también asociado a la especie?



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