Y corrijo y escribo las letanías de un tigre con cabeza que va más rápido que la cuerda que de tan larga acaba rompiéndose.
Si la dislexia me permitiera tejer los actos de una luna como la que brillaba cuando los mayas arrancaban corazones freudianos en lo alto de pudrideros, podría encotnrar un robot tan alto, tan alto como la Luna que me llevara corriendo a ver los soldados de Cataluña.
Una zapatillas. Un barco. Un barco enorme como las zapatillas más histriónicas que jamás se sentaron en un diván de peluche.
La pluma con forma de diván quiere lanzarse por la ventana de la casa de un tigre chino pero sólo encuentra balcones. Mientras, las abejas con forma de rectángulo cantan revoloteando los vítores de un nuevo héroe nacional, mundial y global que se despide de cada noche con un cacareo como de plañidera mientras mantiene en alto un rótulo que reza no sé qué torpezas decimonónicas y epistolares dedicadas no tanto a Dios sino a los millones de seres minúsculos que devora en cada sentada una ballena como la que se tragó a Giepetto, a Pinocchio y a Jonás. Como la que se me tragará a mí antes de que King Kong venga a salvarme. Y digo. Y pienso. Y recuerdo plantearme el sobreuso de la y griega.
No tengo tiempo que perder con pinzas fucsias. Las aprieto y las exprimo hasta que veo aparecer en un recodo de mi casa un carnero amarillento con patas de cucaracha kafkiana que se pone de pie antes de que pueda ofrecerle pan Bimbo para lanzarlo por la ventana.
Porque antes los pisos eran dobles, las piedras hablaban a los hombres y te disfrazabas de niña celta si te hacías trenzas. Ahora los robots son nuestros amigos. Y alargan sus brazos hidráulicos hasta el cielo para traernos queso, queso con forma de luna y olor a pies que se queda clavado en las juntas de los dedos.
Por eso cuando dibujamos un cuadrado la dirección de la nariz, de nuestros dedos y del viento que sale de nuestas orejas hacen virar de manera violenta el manillar de cualquier bicicleta del mundo hasta llevarlo a un estado de trance como de derviche neozelandés follándose una oveja. Una oveja grande, verde, con tenazas de langosta crujiendo al viento de una noche que aúlla como una rana peluda, como un lobo marino con cola de sirena al que los exploradores victorianos devoraban para alcanzar la inmortalidad.
(Suspiro y en la sombra del claroscuro del carboncillo de la rodilla de mi padre creo leer la verdad.)
Y me follo a Freud porque es mi gato y mis pantalones porque necesito hacer una paella.
martes, 14 de junio de 2011
...
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